Cuando Guillermo I accedió al trono de Prusia en 1861, designó como Primer Ministro o Canciller al político y militar Otto Von Birsmarck, quien llevaría en la práctica las riendas de la política y del proceso de unificación alemana, que culminó con la creación del Imperio Alemán en 1871 y en el que un paso importante para la unión de este territorio de más de 30 estados (entre los que destacaba Prusia) fue la formación de un mercado único a la vez que surgía un sentimiento nacionalista que alentaba la creación de un solo estado para todos los alemanes; emprendiendo para ello una importante reforma militar que le permitió disponer de un poderoso ejército de 63.000 hombres, partida muy difícil de mantener, y aunque gobernó con la oposición del parlamento, contaba con el apoyo del rey.
Mientras, en España, el descontento con el régimen monárquico de Isabel II era evidente en todos los sectores pues no era capaz de resolver los graves problemas económicos del país tras la independencia de la mayoría de sus colonias en el Nuevo Mundo, decepción que llevó al derrocamiento y exilio de la reina en Francia.
El espíritu revolucionario había conseguido destituir al gobierno pero las Cortes rechazaban el concepto de una república para España por lo que había que buscar un monarca adecuado.
Una posibilidad fue Leopoldo de Holhenzollern-Sigmaringen a quien el pueblo, dada la dificultad para pronunciar su nombre, llamaba "Leopoldo Olé Olé si me eligen".
El general español Juan Prim visitó a su padre, el príncipe Carlos Antonio, para tratar la viabilidad de que su hijo accediera al trono, interviniendo Von Birsmarck para forzar la aceptación, pero Napoleón III, viendo un cerco diplomático peligroso en torno a Francia, reaccionó iniciando intensas negociaciones con el rey Guillermo I, jefe de la Casa Hohenzollern, consiguiendo la retirada de la candidatura, aunque en julio de 1870 Von Birsmarck volvió a hacerla pública, con el motivo de empujar a Francia a la guerra pues para la unificación alemana eran un estorbo las pretensiones francesas sobre algunos territorios.
Inmediatamente el embajador francés en Alemania viajó al balneario de Ems donde el rey descansaba para rogarle que hablara con su pariente y rechazara la propuesta, y aunque que tres días después el padre del príncipe anunció oficialmente de nuevo la retirada, desde Francia insistieron a su diplomático para que solicitara del rey una renuncia por escrito.
Al día siguiente ambos se encontraron casualmente en los paseos del balneario y ante la exposición de la demanda francesa el rey de forma cortés dio por concluido el encuentro, diciendo amablemente que no intervendría más en ese asunto.
Esa misma noche Guillermo I envió un telegrama a Von Birsmarck donde le relataba el encuentro fortuito, pero el astuto canciller transcribió el texto de tal manera que transformó aquel encuentro casual en una reunión, y la respuesta cortés del rey en una reacción airada a Francia, enviando el texto a los periódicos para su publicación consiguiendo, tal y como pretendía, que Francia declarara la contienda, comenzando el 19 de julio de 1870 la guerra franco-prusiana.
10 meses después Francia claudicaba perdiendo en favor de Prusia las regiones de Alsacia y Lorena, además tuvo que aceptar la imposición del pago de una gran suma de dinero en concepto de reparaciones de guerra y renunciar a sus pretensiones sobre regiones como Baviera, con la consecuencia de que pudo concretarse la unificación alemana surgiendo el Imperio Alemán, con Guillermo I como Káiser o Emperador, un gran potencia que duraría 47 años hasta su desmembramiento tras la I Guerra Mundial.
En cuanto a España, el problema de encontrar un rey que aceptara el cargo (pues era un país empobrecido y políticamente convulso), se resolvió con la llegada de Amadeo de Saboya, quien tendría serias dificultades para gobernar pues contaba con amplios sectores en su contra, desde la Iglesia por aprobar las desamortizaciones (la subasta pública de las tierras que la iglesia había acumulado durante años por ser la habitual beneficiaria de los testamentos y donaciones) hasta el pueblo, por su poco don de gentes y sus dificultades para aprender castellano, renunciando apenas 2 años después al trono, proclamándose ese mismo día, el 11 de febrero de 1873, la Primera República Española.
