"... En todo este tiempo he contado los días de pura y genuina felicidad que he vivido: un total de 14... no cifréis por tanto vuestras esperanzas en las cosas de este mundo"El 16 de octubre del año 912 Abderramán III sucedió con 21 años a su abuelo heredando un Emirato al borde de la disolución, pues aunque 2/3 partes de la península estaban bajo el poder musulmán, éste era más nominal que real y su autoridad no iba mucho más allá de la capital, Córdoba, pero desde un primer momento mostró una gran firmeza para acabar con las rebeliones llevando a cabo una importante actividad diplomática pero también acudiendo al engaño y la amenaza para recuperar el poder perdido de la dinastía Omeya, lo que le llevó 50 años, al cabo de los cuales había hecho de Córdoba la principal ciudad de Europa, rivalizando con la mismísima Constantinopla en esplendor y cultura pues dio un enorme impulso a las humanidades al dotar a la ciudad de decenas de bibliotecas, una universidad, una escuela de medicina y otra de traductores.
Pero de este hombre firme y elocuente orador, las fuentes árabes también resaltan su crueldad como la ejecución de un hijo sublevado, muerte que obligó a presenciar a toda la corte, o su brutalidad con las mujeres del harén, sobre todo cuando bebía.
Se cuenta que Abderramán redactó durante su vida un diario en el que hacía constar los días felices pero en su larga existencia de 70 años solo quedaron reflejados 14 y así, tras 5 décadas de reinado fue sucedido por su primogénito Alhakén II, designado desde la infancia como sucesor y quien desde los 12 acompañaba a su padre en sus campañas, lo que tuvo costosas consecuencias para el joven pues durante 4o años fue permanentemente escoltado y obligado a vivir en una estricta vigilancia y alejado de toda mujer, en el temor de que alguna ambiciosa fémina le convenciera para destronar a su padre antes de tiempo, de manera que cuando fue proclamado califa tenía 47 años y ningún hijo.
Alhakén continuaría la obra de padre decretando la enseñanza obligatoria de todos los niños y construyendo nuevas escuelas. Además dio a sus súbditos una larga época de paz y terminó de construir Medina Azahara.
Su padre había ordenado edificar Medina Azahara o La Ciudad de la Flor, en un emplazamiento idílico a 8 Km de Córdoba pues su dignidad de califa lo exigía (al igual que ocurría en otros califatos orientales) y para demostrar su superioridad a sus enemigos, pero la leyenda cuenta que fue una consideración a su esposa favorita, Azahara, de la que no consta su existencia, pero apenas 100 años después esta hermosa ciudad quedaría reducida a las ruinas pues tras el levantamiento popular que puso fin al Califato de Córdoba en 1031, la ciudad fue destruida, saqueada, incendiada y olvidada su existencia durante siglos hasta el punto de que se creía que la ladera donde está el yacimiento albergaba los restos de la primera Córdoba romana, trasladada después por motivos de salubridad a la orilla del Guadalquivir, hasta que en el siglo XVI comenzó a discutirse su origen y en 1911 las excavaciones despejaron las dudas: lo que yacía bajo el suelo era la esplendorosa Medina Azahara.
