Aunque Julio César había conquistado la Galia y una parte de Germania incorporándolas como provincias (aunque en el caso de esta última era más una dominación nominal que real) la larga frontera entre ambas era continuamente atravesada por los germanos, pastores nómadas de espíritu rebelde y libre, por lo que su sucesor César Augusto, siguiendo la costumbre de nombrar a parientes para puestos de responsabilidad, eligió al esposo de su sobrina nieta, Publio Quintilio Varo, como gobernador de la nueva e inestable provincia germana con la misión de afianzar el dominio y recudar impuestos, aunque enseguida se ganó la antipatía de los germanos por tratar de imponerles el Derecho romano y el culto al emperador.En septiembre del año 9 d.C. se encontraba acampado con sus tropas más allá del Rin y levantando sus cuarteles para trasladarse a una zona más resguardada donde pasar el invierno sin imaginar nunca que uno de sus militares, el joven de 25 años Arminio, germano de nacimiento pero con ciudadanía romana, conspiraba contra él por lo que no sospechó cuando recibió la noticia de un levantamiento que necesitaba respuesta inmediata, de manera que se adentró en una zona boscosa con un ejército entorpecido por el peso del equipaje y los civiles que les acompañaban (comerciantes, prostituras, esclavos y algunos familiares), pues a su vez se trasladaban para pasar el invierno en una zona más resguardada, atravesando pantanos y ciénagas hasta llegar a un paraje en el que los germanos habían cortado los troncos de los árboles de manera que aún se tenían en pie pero los empujaron, cayendo sobre las desconcertadas legiones a quienes atacaron además con dardos, acabando de vencerlas a lo largo de las jornadas siguientes.
Unas 30.000 personas, entre legionarios y civiles, fueron masacradas menos el joven oficial Casio Quereo (famoso por el posterior magnicidio de Calígula) que dirigió la huida de los 80 supervivientes, gracias a los cuales se conoció la historia.
Por su parte Vero, incapaz de soportar tal deshonra y antes que caer en manos enemigas se suicidó como ya hicieran su padre y su abuelo y aunque sus hombres sepultaron su cuerpo, los germanos lo desenterraron, cortaron su cabeza y se la enviaron al emperador, que aunque a lo largo de su vida nunca olvidaría esta catastrófica derrota que supuso que las fronteras del Imperio se fijaran definitivamente en el Rin, pronunciando a menudo su famosa frase: "Vero, ¡devuélveme mis legiones!", permitió que se le enterrara con honores.
Tras este fracaso, duro golpe militar hasta el punto de que el número de las legiones derrotadas (XXVII, XXVIII y XIX) nunca más volvió a utilizarse, se extendió el temor a una invasión germana y una rebelión gala por lo que tomó contundentes medidas como destituir a todos los galos y germanos de nacimiento de su guardia personal además de enviar a su sobrino Julio César Germánico (padre del pequeño Calígula) a dar sepultura a los legionarios muertos y rescatar las águilas de las tres legiones (objeto sagrado para los romanos) que serían depositadas en el Templo de Júpiter, todo ello al mando de 8 legiones (unos 50.000 hombres) para dar una imagen de fortaleza.
Allí, encontraron cabezas clavadas en las ramas de los árboles y altares donde habían sacrificado a los capturados vivos y aunque el sitio exacto donde tuvo lugar esta contienda fue olvidado durante siglos, en 1987 un aficionado inglés encontró más de 160 monedas romanas y 3 bolas de plomo, como las que utilizaban en las hondas.
El posterior trabajo a cargo de arqueólogos profesionales situaría esta batalla, gracias a la que Germania quedó libre de la influencia directa de Roma, lo que evitó la latinización de sus pueblos, en el bosque de Teutoburgo, a 15 Km de la actual ciudad de Osnabrück.
